La reciente firma de un acuerdo preliminar entre Estados Unidos e Irán ha generado un respiro en los mercados internacionales de petróleo, provocando una notable caída en el precio del crudo. Sin embargo, para el bolsillo del consumidor mexicano, este alivio parece lejano. La experiencia histórica y la compleja estructura de precios de los combustibles en México sugieren que la baja en el petróleo no se traducirá de manera inmediata ni proporcional en una reducción del precio de las gasolinas en las estaciones de servicio.
El choque energético de 2022, derivado de la invasión rusa a Ucrania, sirvió como un claro ejemplo de esta desconexión. En aquel entonces, mientras el precio internacional de la mezcla mexicana de exportación promediaba 89.2 dólares por barril en 2022 (un incremento significativo respecto a los 65.8 dólares de 2021), la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) intervino activamente para amortiguar el golpe a los consumidores. A través de estímulos fiscales al Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS), se logró contener parte del alza en el precio de la gasolina regular. No obstante, incluso con estas medidas, los precios al consumidor no regresaron a sus niveles previos.
La gasolina Magna o regular, que se encontraba en 20.27 pesos por litro en junio de 2021, escaló a 21.86 pesos en junio de 2022 y a 21.99 pesos en junio de 2023. De manera similar, la gasolina Premium aumentó su precio de 22.13 pesos a 23.85 y posteriormente a 24.27 pesos en el mismo lapso. Esta tendencia subraya una realidad: cuando el crudo internacional se encarece, Hacienda tiende a subsidiar parte del impacto mediante ajustes al IEPS, pero cuando el precio del petróleo desciende, los ajustes en las gasolineras son lentos y rara vez compensan completamente las caídas previas.
La situación actual sigue este patrón. Entre el 18 de mayo y el 17 de junio de 2026, la mezcla mexicana de petróleo experimentó una caída del 33.1%, pasando de 110.26 dólares por barril a 73.74 dólares. Esta disminución se atribuye directamente al alivio geopolítico generado por el acuerdo preliminar entre Estados Unidos e Irán y la expectativa de una normalización del tránsito en el Estrecho de Ormuz. A pesar de esta corrección significativa, los precios de las gasolinas en México no han mostrado una baja comparable.
Los datos de Profeco para junio de 2026 revelan que la gasolina regular se mantiene prácticamente estable, rondando los 23.68 pesos por litro, apenas un ligero aumento respecto a los 23.60 pesos de enero. La gasolina Premium, por su parte, ha visto un incremento, pasando de 25.76 a 28.46 pesos. Incluso el diésel, a pesar de haber corregido desde su pico de abril, se ubica en 27.18 pesos, superior a los 26.42 pesos de enero. Es importante notar que el 90% de las estaciones de servicio reportadas por Profeco operan dentro de un acuerdo de estabilización de precios, lo que podría estar enmascarando ajustes más profundos.
Un factor crucial que explica esta disparidad es la dependencia de México en la importación de gasolinas. A pesar de ser un país productor de petróleo, la capacidad de refinación nacional es insuficiente para cubrir la demanda interna. Por lo tanto, una parte significativa de las gasolinas que se consumen en el país se adquieren en el mercado internacional, a precios que, si bien se ven influenciados por el crudo, también están sujetos a otros componentes del costo, como el transporte, los márgenes de comercialización y las fluctuaciones del tipo de cambio.
Además del IEPS, que actúa como un amortiguador fiscal, otros elementos como los costos logísticos, los márgenes de ganancia de los distribuidores y refinadores, y la propia política de precios de Petróleos Mexicanos (Pemex) influyen en el precio final al consumidor. La SHCP, si bien se beneficia de un mayor precio del crudo en términos de ingresos petroleros, no tiene un control directo sobre todos estos factores que determinan el precio en la bomba.
Los cálculos de sensibilidad de la SHCP indican que cada dólar adicional en el precio del petróleo aporta aproximadamente 9,600 millones de pesos a los ingresos petroleros del país. Con el precio promedio de la mezcla mexicana superando los 81.44 dólares por barril entre enero y junio de 2026, se proyecta un beneficio potencial considerable para las finanzas públicas, estimado en más de 254,800 millones de pesos frente al presupuesto original. Sin embargo, este beneficio fiscal no se traduce automáticamente en un ahorro para el consumidor.
La política fiscal de México, particularmente el uso del IEPS como herramienta de estabilización, juega un papel fundamental. Cuando los precios internacionales del petróleo suben, Hacienda puede reducir el IEPS para mitigar el impacto en los consumidores. Por el contrario, cuando los precios bajan, la tentación de aumentar el IEPS para capturar mayores ingresos fiscales puede ser fuerte, o simplemente se permite que la baja se refleje lentamente para mantener la recaudación.
La estructura de precios de las gasolinas en México es multifactorial. Incluye el precio del crudo de referencia, los costos de refinación, el transporte, los márgenes comerciales, el tipo de cambio y, de manera crucial, los impuestos. La reciente caída del precio del petróleo, aunque significativa, es solo uno de estos componentes. Los demás factores pueden contrarrestar o retrasar el efecto de esta baja en el precio final que paga el automovilista.
En resumen, la aparente desconexión entre la caída del precio del petróleo y la persistencia de precios elevados en las gasolinas mexicanas se explica por una combinación de factores: la dependencia de las importaciones, la política fiscal del IEPS, los costos operativos y logísticos, y la dinámica del mercado internacional. Los consumidores deberán esperar un tiempo considerable y observar la evolución de todos estos elementos para ver un reflejo tangible de la baja del crudo en sus bolsillos.