El brazo diplomático de Estados Unidos, el Departamento de Estado, se encuentra en una encrucijada crítica bajo la administración del presidente Donald Trump. Con un presupuesto propuesto para el año fiscal 2027 que se perfila como el más bajo desde 2008, la agencia enfrenta una drástica reducción de recursos y personal, lo que expertos advierten podría mermar significativamente la capacidad de influencia y anticipación de crisis del país en un escenario global cada vez más volátil.

Recorte Presupuestal Histórico

La propuesta presupuestaria para asuntos internacionales, que abarca al Departamento de Estado y la asistencia exterior, asciende a 35,600 millones de dólares para el periodo de octubre de 2026 a septiembre de 2027. Esta cifra representa una disminución del 30%, equivalente a 15,500 millones de dólares, respecto a los 51,100 millones de dólares asignados para el año fiscal 2026. De ser aprobada, esta sería la asignación más modesta para el principal órgano de la política exterior estadounidense en más de una década y media.

Los recortes propuestos son amplios y tocan áreas sensibles. Se planea eliminar 7,500 millones de dólares destinados a programas de asistencia al desarrollo y del Fondo de Apoyo Económico. Asimismo, se reducirán 6,200 millones de dólares en gastos globales de salud, 3,200 millones de dólares en ayuda humanitaria y 1,600 millones de dólares en asistencia alimentaria. La Sociedad de las Américas/Consejo de las Américas ha señalado que estos recortes impactarían severamente programas cruciales en Latinoamérica, enfocados en la seguridad alimentaria, la infraestructura de salud pública y el apoyo a la gobernanza.

Desmantelamiento de la Diplomacia y Pérdida de Talento

Esta no es la primera vez que la administración Trump implementa medidas de austeridad en el ámbito de la diplomacia. El año pasado, la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID) fue prácticamente desmantelada, lo que, según Gildardo López, académico de la Escuela de Gobierno y Economía de la Universidad Panamericana, significó la pérdida de un valioso instrumento de "diplomacia suave".

Además de las reducciones presupuestarias, el Departamento de Estado ha experimentado una profunda reorganización estructural. La fuerza laboral de la dependencia ha disminuido en más de 3,000 puestos, lo que representa una reducción superior al 20%, desde que Trump asumió su segundo mandato en enero de 2025. Algunas oficinas han sido prácticamente eliminadas; por ejemplo, la Oficina de Democracia, Derechos Humanos y Trabajo ha perdido cerca del 80% de su personal y fue absorbida por otra subsecretaría, según un análisis de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA). El Fondo para la Democracia también fue suprimido.

La administración Trump también ha mostrado un claro desdén por el personal de carrera diplomática. De las 101 nominaciones a embajadas realizadas en su actual mandato, solo nueve han sido para diplomáticos de carrera, de acuerdo con la Asociación Estadounidense de Servicio Exterior. Esta tendencia sugiere una preferencia por nombramientos políticos sobre la experiencia y el conocimiento institucional.

Consecuencias en un Mundo Incierto

Especialistas coinciden en que esta reestructuración está debilitando la autoridad de Estados Unidos y provocando un pivote de la diplomacia hacia otras áreas. La diplomacia, cuyo rol fundamental es reducir la incertidumbre, se ve socavada por la reducción de personal, recursos y organismos, lo que, paradójicamente, incrementa la incertidumbre en el sistema internacional.

"El Estado estadounidense disminuye pero brutalmente su capacidad de anticipar crisis, de influir diplomáticamente en gobiernos y sobre todo de algo que el presidente Trump no tiene, que es el mantener relaciones de largo plazo", afirmó López en entrevista con Expansión. Esta merma en la capacidad de anticipación y de influencia a largo plazo es particularmente preocupante en el contexto actual.

Estados Unidos se encuentra inmerso en negociaciones complejas, como las que mantiene con Irán para intentar poner fin al conflicto iniciado en febrero de este año. La administración Trump ha delegado estas delicadas negociaciones a figuras de su círculo cercano, como Jared Kushner y el vicepresidente J.D. Vance, quienes, según López, no se caracterizan por ser grandes negociadores diplomáticos. El reciente memorando de entendimiento con Irán, que ya se ha visto fracturado por la reanudación de hostilidades, es un ejemplo de las posibles debilidades de este enfoque.

Críticos de la administración señalan que la exclusión de expertos y la falta de experiencia profesional apolítica en las negociaciones, como la que se ha tenido con Irán, pueden llevar a acuerdos frágiles o incluso favorables a la contraparte. Nick Burns, un diplomático con experiencia en negociaciones con Irán, ha expresado la importancia de contar con profesionales versados en los temas para poder competir eficazmente.

Al renunciar al "poder inteligente" (smart power) que representa la diplomacia, Estados Unidos reduce su capacidad de moldear los acontecimientos de manera proactiva. Esto obliga al país a recurrir a medidas más costosas y extremas, como el uso de la fuerza militar o sanciones, para abordar crisis que, con una diplomacia robusta, podrían haberse prevenido o gestionado de manera más eficaz y económica. El mantenimiento de frentes como el de Irán, o el "acoso a Cuba", se vuelven tremendamente costosos y menos efectivos sin el respaldo de una diplomacia fuerte y experimentada.

La administración Trump, sin embargo, parece priorizar la proyección de poder a través de la fuerza militar, dejando en un segundo plano la inversión y el fortalecimiento de las herramientas diplomáticas que históricamente han definido el liderazgo global de Estados Unidos.