La escenografía se repite cada verano: colonias enteras sumidas en la oscuridad, usuarios desesperados en redes sociales y comunicados oficiales que, en lugar de admitir apagones, hablan de "interrupciones del servicio eléctrico". Esta distinción semántica, lejos de ser un mero juego de palabras, esconde una realidad alarmante: el Sistema Eléctrico Nacional opera con márgenes de maniobra cada vez más estrechos ante una demanda creciente, demandando inversiones urgentes en generación, transmisión y distribución para recuperar su confiabilidad.
El debate cobró fuerza el pasado 24 de julio, cuando la presidenta Claudia Sheinbaum desestimó la gravedad de los eventos, afirmando que no se trataban de apagones sino de "interrupciones en el servicio en algunos lugares, producto de las fallas en distribución, más que en generación". Según la mandataria, la red de distribución sufre sobrecargas durante los picos de calor, cuando el uso masivo de ventiladores y aires acondicionados pone a prueba su capacidad. "Apagones son mucho tiempo y significa falta de capacidad de generación; y eso no existe (en México)", sentenció, atribuyendo las fallas a la insuficiencia de las líneas para distribuir la energía y elogiando la rápida respuesta de la CFE para restablecer el servicio.
El Debate Semántico Oculta un Problema Estructural
Sin embargo, para expertos del sector, esta discusión sobre la terminología desvía la atención del verdadero desafío: la resiliencia del sistema eléctrico frente a un incremento sostenido de la demanda. El auge del nearshoring ha disparado el consumo eléctrico en parques industriales y nuevas plantas manufactureras. A esto se suman factores estacionales y climáticos, como las olas de calor que intensifican el uso de equipos de climatización. Este verano, la llegada de millones de visitantes internacionales por el Mundial 2026 ha incrementado aún más la demanda en hoteles, restaurantes y servicios turísticos, creando un cóctel perfecto para que cualquier contingencia se traduzca en interrupciones del suministro.
La consultora Admonitor Energy Analytics define un apagón o blackout como una condición extraordinaria que interrumpe el suministro eléctrico por causas fuera del control del operador del sistema, el Centro Nacional de Control de Energía (Cenace). Las causas son variadas: la salida inesperada de una central eléctrica, la falla de una línea de transmisión o distribución, un desbalance entre generación y demanda, o la activación automática de sistemas de protección. "Esas suspensiones del servicio nos muestran que nuestro sistema sigue siendo vulnerable, ya sea por falta de capacidad de transmisión o de generación, a que no hay redundancia con otros circuitos para mantener el suministro en un momento de contingencia", advirtió la consultora.
Un Sistema con Menor Margen de Maniobra
Esta vulnerabilidad se ha manifestado reiteradamente. En Nuevo León, municipios como Apodaca, Monterrey y San Nicolás de los Garza sufrieron interrupciones tras condiciones meteorológicas adversas. En el sureste, el 20 de junio, Campeche, Yucatán, Quintana Roo, Tabasco y Chiapas experimentaron cortes de electricidad después de que dos centrales privadas dejaran de operar, según reportó la CFE.
Los especialistas distinguen estos eventos de los cortes programados, utilizados por el operador para evitar emergencias mayores o realizar trabajos de mantenimiento. Un ejemplo fue la tormenta invernal Uri en 2021, cuando la reducción del suministro de gas natural obligó a cortes rotativos para prevenir un colapso generalizado. También existen interrupciones calendarizadas para mantenimiento, como la ocurrida el 17 de junio en Cuernavaca para trabajos de infraestructura.
Eleazar Castro, consultor en Elevation Ideas, enfatiza que la discusión debe centrarse en las causas subyacentes de la falta de electricidad, más allá de la terminología. "Muchas veces pueden presentarse varios factores que afecten el suministro como picos de demanda por el verano, centrales en mantenimiento, presas con bajos niveles por sequía, olas de calor, todo eso se puede conjuntar para no tener capacidad suficiente", señaló.
El consultor detalló que el Sistema Eléctrico Nacional enfrenta presiones simultáneas: altas temperaturas, crecimiento del consumo, sobrecalentamiento de transformadores y fallas en redes de distribución y transmisión. A pesar de que el país cuenta con mayor disponibilidad de centrales de generación y el Cenace adelantó mantenimientos, la infraestructura de transmisión sigue siendo un cuello de botella crítico.
¿Qué Pasa en Yucatán y Baja California?
La situación en Yucatán y Baja California es particularmente preocupante. Ambas entidades dependen en gran medida de la transmisión de energía desde otras regiones, lo que las hace especialmente susceptibles a las fallas en la red nacional. La falta de inversión histórica en infraestructura de transmisión y distribución ha dejado a estas zonas con una capacidad limitada para responder a picos de demanda o a contingencias inesperadas.
En Yucatán, la demanda ha crecido exponencialmente con el desarrollo turístico y la llegada de nuevas industrias. Sin embargo, la red de transmisión no ha seguido el mismo ritmo, generando cuellos de botella que provocan sobrecargas y, consecuentemente, interrupciones del servicio. La dependencia de la península de la red nacional la hace vulnerable a cualquier desequilibrio o falla en el sistema interconectado.
De manera similar, Baja California enfrenta desafíos significativos. La proximidad con Estados Unidos y el desarrollo industrial han impulsado la demanda eléctrica. No obstante, la infraestructura de transmisión y distribución local presenta rezagos considerables, lo que limita la capacidad del sistema para satisfacer la demanda en momentos de alta exigencia, especialmente durante las olas de calor.
La Necesidad de Inversión y Modernización
Los especialistas coinciden en que la solución a largo plazo pasa por una inversión sustancial y sostenida en la modernización de la red eléctrica. Esto incluye no solo la ampliación de la capacidad de generación, sino, de manera crucial, el fortalecimiento de las redes de transmisión y distribución. La implementación de tecnologías de redes inteligentes (smart grids) y la diversificación de las fuentes de energía son también pasos fundamentales para aumentar la resiliencia del sistema.
La falta de inversión en estas áreas críticas durante años ha llevado al sistema a su actual estado de vulnerabilidad. La CFE, a pesar de sus esfuerzos, enfrenta limitaciones presupuestarias y la complejidad de modernizar una infraestructura vasta y envejecida. La dependencia de la generación privada y la necesidad de integrar su producción de manera eficiente a la red son también factores que complican el panorama.
En este contexto, la postura de la administración federal, que parece priorizar la narrativa sobre la solución de fondo, genera preocupación. Ignorar la gravedad de las fallas o minimizarlas con argumentos semánticos no resuelve el problema estructural de un sistema eléctrico cada vez más expuesto a fallas, con implicaciones directas en la economía, la seguridad y la calidad de vida de los mexicanos.
La vulnerabilidad del sistema eléctrico mexicano es una bomba de tiempo. Las interrupciones del servicio, independientemente de cómo se les llame, son un síntoma de un problema más profundo que requiere atención inmediata y soluciones concretas, no meros debates terminológicos. La falta de inversión y la resistencia a modernizar la infraestructura amenazan con paralizar el desarrollo del país y dejar a millones de mexicanos a oscuras en los momentos de mayor necesidad.