Una propuesta que desafía más de un siglo de lucha por los derechos civiles en Estados Unidos ha comenzado a ganar terreno en círculos conservadores: la idea de retirar el derecho al voto a las mujeres.
La iniciativa, que busca reemplazar el sufragio individual por un sistema de votación por familia, fue discutida en la reciente reunión de liderazgo femenino de Turning Point, una organización conservadora de gran influencia en el país. Erika Kirk, presidenta de la organización y viuda de Charlie Kirk, encabezó el encuentro donde la idea cobró fuerza entre las asistentes.
Voces a favor de la controvertida propuesta
Una de las figuras prominentes que promueve esta visión es Samantha Faith Stone, una influencer cristiana conservadora con una considerable base de seguidores en redes sociales. Stone argumenta que las mujeres tienden a inclinarse por candidatos más liberales, y que un cambio hacia la votación familiar podría resultar en un Estados Unidos más alineado con valores cristianos y conservadores.
Los datos electorales recientes, como los de las elecciones de 2024, muestran una brecha de género en las preferencias políticas. Mientras los hombres mostraron una mayor inclinación hacia el candidato republicano, las mujeres favorecieron en mayor medida a la candidata demócrata. Este patrón, según los defensores de la nueva propuesta, justifica la necesidad de un cambio en el sistema de votación para reflejar, supuestamente, una visión más conservadora del país.
La histórica conquista del voto femenino
El derecho al voto femenino en Estados Unidos no fue una concesión, sino el resultado de décadas de ardua lucha por parte del movimiento sufragista. Si bien las raíces del movimiento se rastrean hasta la Convención de Seneca Falls en 1848, donde se exigió el derecho al voto como una demanda radical para la época, su desarrollo estuvo intrínsecamente ligado a otros movimientos sociales, como la abolición de la esclavitud.
Antes de la ratificación de una enmienda federal, varios estados del oeste, como Wyoming en 1869, comenzaron a otorgar el sufragio a las mujeres. Para finales del siglo XIX, estados como Utah, Colorado e Idaho ya habían seguido este camino. Para la década de 1910, un número significativo de estados había concedido derechos de voto totales o parciales a las mujeres, consolidando el avance a través de campañas persistentes.
La Enmienda 19 y las barreras persistentes
La Enmienda 19, aprobada por el Congreso en 1919 y ratificada en 1920, fue un hito crucial al prohibir la negación del derecho al voto por motivos de sexo. Sin embargo, su implementación no fue universal ni inmediata para todas las mujeres.
Millones de mujeres, particularmente las mujeres negras, continuaron enfrentando barreras significativas debido a leyes discriminatorias y prácticas racistas, especialmente en el sur del país. A pesar de la Enmienda 15, que prohibía la negación del voto por motivos raciales, se implementaron impuestos electorales, pruebas de alfabetización y otras tácticas para impedir el sufragio de las minorías.
La lucha por el derecho al voto para todas las mujeres se extendió por décadas más, con la Ley de Derecho al Voto de 1965 siendo fundamental para proteger el sufragio de millones de personas negras. Las mujeres latinas e indígenas también enfrentaron obstáculos adicionales, como exámenes de alfabetización, hasta bien entrado el siglo XX.
El sufragio femenino a nivel global
Estados Unidos no fue el primer país en otorgar el derecho al voto a las mujeres. A nivel mundial, varias naciones ya habían implementado el sufragio femenino antes que Estados Unidos. Desde las demandas de Olympe de Gouges en Francia a finales del siglo XVIII, hasta la pionera Nueva Zelanda en 1893, la conquista del voto femenino fue un proceso global.
Países como Australia (1902), Finlandia (1906), Noruega (1913), Dinamarca (1915), la Unión Soviética (1917) y el Reino Unido (1918) también reconocieron este derecho en diferentes momentos. En Latinoamérica, Uruguay fue uno de los primeros en consolidar el sufragio femenino a nivel nacional en la década de 1920, mientras que México, al igual que muchas otras naciones, lo aprobó en la década de 1950.
La propuesta de revertir el voto femenino en Estados Unidos representa un retroceso significativo en la historia de los derechos civiles y la igualdad de género, reabriendo un debate que parecía zanjado hace más de un siglo.