La ambiciosa iniciativa de Gianni Infantino, presidente de la FIFA, para vender participaciones del Mundial de 2026, una idea que prometía maximizar ingresos, ha sido finalmente descartada. La propuesta, que buscaba capitalizar los activos comerciales del organismo rector del fútbol mundial, se encontró con un "fuera de lugar" tras una serie de análisis y la creciente presión política.
El plan se gestó a partir de una reunión clave entre Infantino y Joshua Kushner, un prominente inversionista de capital de riesgo y hermano de Jared Kushner, exasesor de Donald Trump. Las conversaciones, según fuentes cercanas a los hechos que prefirieron mantener el anonimato, se centraron en identificar mecanismos para que la FIFA optimizara sus ingresos, especialmente considerando las pérdidas que la organización experimenta en los años en que no se celebra el torneo.
En el centro de la discusión convergieron tres elementos fundamentales: los impresionantes ingresos de 15 mil millones de dólares generados por la FIFA en el Mundial de 2026, la necesidad de mitigar las pérdidas financieras entre torneos y la experiencia de Kushner en inversiones deportivas a través de su firma Thrive. Esta última ha respaldado a gigantes tecnológicos como OpenAI y Stripe, y mostraba un interés creciente en diversificar su cartera hacia activos deportivos.
Antes de que Kushner entrara en escena, la FIFA ya había contratado a JPMorgan Chase & Co. para explorar estrategias de comercialización de sus derechos de transmisión y para elaborar una propuesta dirigida a potenciales inversionistas. La institución bancaria, con un historial en proyectos futbolísticos de alto perfil y controversia, como el fallido intento de la Superliga europea, aportó su experiencia en la estructuración de este tipo de operaciones financieras.
Joshua Kushner, aunque a menudo eclipsado por la figura de su hermano Jared, posee una conexión significativa con el mundo del deporte. Es inversionista indirecto de los Memphis Grizzlies de la NBA y su esposa, la modelo Karlie Kloss, mantiene una relación de amistad con figuras como David Beckham desde 2017. Su perfil como inversionista de riesgo y su afinidad por el deporte lo posicionaron como un candidato natural para explorar este tipo de oportunidades.
La idea de obtener capital mediante la escisión de negocios comerciales y derechos de torneos no es ajena al panorama deportivo. El PGA Tour, por ejemplo, logró recaudar miles de millones en 2024 al separar su negocio comercial y de medios, atrayendo a inversionistas de la talla de Steve Cohen y John W. Henry. Este precedente sirvió como inspiración para el plan de la FIFA.
Las negociaciones entre JPMorgan, Thrive y la FIFA se extendieron durante el Mundial de 2026. A pesar de que el torneo resultó ser un éxito financiero sin precedentes, la atmósfera se vio empañada por controversias políticas. Un punto de inflexión se produjo a finales del año pasado, cuando Infantino otorgó a Donald Trump el primer Premio de la Paz de la FIFA, seguido por la decisión del organismo de anular una sanción a un jugador estadounidense tras la intervención del entonces presidente de Estados Unidos.
Estos eventos generaron fuertes críticas por parte de los demócratas en Washington, quienes señalaron la relación entre Trump, Infantino y la FIFA como un posible ejemplo del uso del poder presidencial para obtener beneficios económicos personales. Jamie Raskin, miembro de la Comisión Judicial de la Cámara de Representantes, llegó a sugerir que el plan de la FIFA para vender participaciones del Mundial podría implicar actos de corrupción, haciendo hincapié en los vínculos de Kushner con la familia Trump.
La Casa Blanca, a través de su portavoz Davis Ingle, intentó desestimar las preocupaciones, calificando la visión de Infantino como "audaz" y su liderazgo como "decisivo". Sin embargo, la percepción de conflicto de intereses y las implicaciones políticas terminaron por pesar más que las proyecciones financieras.
En última instancia, la FIFA optó por desechar la propuesta de venta de acciones. La complejidad de la operación, sumada a las controversias políticas y la posible percepción de irregularidades, llevaron a Infantino a dar marcha atrás. El "gol" que parecía seguro se convirtió en un "fuera de lugar", dejando a la FIFA con la tarea de buscar otras vías para asegurar su estabilidad financiera a largo plazo sin recurrir a la venta de participaciones en sus activos más preciados.
Este episodio subraya la delicada interconexión entre el deporte de élite, las finanzas globales y la política internacional. La FIFA, como entidad global, se encuentra constantemente navegando estas aguas turbulentas, donde las decisiones financieras deben sopesarse no solo por su impacto económico, sino también por sus repercusiones éticas y políticas.
La decisión de no proceder con la venta de acciones del Mundial podría interpretarse de diversas maneras. Por un lado, protege la integridad y la propiedad de la FIFA sobre sus activos más valiosos. Por otro, deja abierta la pregunta sobre cómo el organismo planea abordar sus déficits financieros en los años venideros, especialmente ante la creciente demanda de inversión en infraestructura deportiva y desarrollo del fútbol a nivel mundial.
El caso también pone de manifiesto la influencia que pueden ejercer figuras políticas y sus allegados en decisiones de organismos deportivos internacionales. La sombra de Donald Trump, incluso después de dejar la presidencia, parece haber jugado un papel crucial en el desenlace de esta propuesta financiera.
En el ámbito deportivo, la noticia representa un respiro para aquellos que temían una mayor comercialización y posible privatización de eventos tan emblemáticos como la Copa del Mundo. La resistencia a la Superliga europea demostró la fuerza de la opinión pública y de las instituciones tradicionales del fútbol frente a modelos de negocio disruptivos y potencialmente elitistas.
La FIFA, bajo el liderazgo de Infantino, ha buscado activamente nuevas fuentes de ingresos y formas de expandir su alcance global. Sin embargo, este intento particular de capitalización a través de la venta de acciones del Mundial ha demostrado ser un camino demasiado espinoso, plagado de obstáculos políticos y éticos que finalmente lo hicieron insostenible.