La salud mental de los niños y adolescentes mexicanos enfrenta un desafío mayúsculo y cada vez más extendido: el uso nocivo de pantallas. Deimos Aguilar Jiménez, psiquiatra con especialización en infancia y adolescencia, ha encendido las alarmas, calificando la situación en México como un asunto “grave y urgente”. Esta problemática, lejos de ser nueva, ha ido escalando en la última década, ganando reconocimiento internacional y exigiendo respuestas contundentes.

La preocupación por la exposición excesiva y perjudicial de los menores a dispositivos electrónicos no es un fenómeno reciente. Expertos y profesionales de la salud mental llevan al menos diez años señalando los riesgos asociados. Sin embargo, fue en 2019 cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) dio un paso significativo al incluir el trastorno por videojuegos en su Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11). Este reconocimiento oficial sentó un precedente importante, validando la seriedad de las adicciones digitales.

Paralelamente, la OMS y otros organismos de salud han categorizado la actividad desmedida en redes sociales y la navegación incesante por Internet como "uso problemático". Esto abarca una gama de comportamientos que van desde la dependencia hasta la afectación del bienestar general, el rendimiento académico y las relaciones sociales de los jóvenes.

En el contexto mexicano, la situación se agrava por factores socioeconómicos y culturales que pueden propiciar un mayor acceso y uso de estas tecnologías sin la supervisión o guía adecuadas. La falta de conciencia sobre los riesgos, la presión social por estar conectado y la ausencia de alternativas de ocio saludables contribuyen a perpetuar este ciclo.

El impacto del uso nocivo de pantallas en menores es multifacético. A nivel neurológico, puede afectar el desarrollo cerebral, la capacidad de atención y la regulación emocional. Los niños y adolescentes expuestos de manera prolongada a estímulos visuales y auditivos constantes pueden experimentar dificultades para concentrarse en tareas que requieren esfuerzo mental sostenido, como el estudio.

Psicológicamente, el uso excesivo de dispositivos se ha asociado con un aumento en los índices de ansiedad, depresión y baja autoestima. La comparación constante en redes sociales, la exposición a ciberacoso y la búsqueda de validación digital pueden generar un profundo malestar emocional. Además, la privación del sueño, debido al uso de pantallas antes de dormir, exacerba estos problemas y afecta el estado de ánimo y la salud general.

Socialmente, la inmersión en el mundo digital a menudo ocurre a expensas de las interacciones cara a cara. Esto puede mermar el desarrollo de habilidades sociales cruciales, la empatía y la capacidad para establecer relaciones interpersonales significativas en el mundo real. Los jóvenes pueden preferir la interacción virtual, más controlada y menos demandante, a la complejidad de las relaciones humanas.

Desde una perspectiva de salud física, el sedentarismo asociado al uso prolongado de pantallas contribuye a problemas como la obesidad infantil, el deterioro de la vista y, en casos extremos, problemas posturales y de desarrollo motor.

Ante este panorama, el llamado del Dr. Aguilar Jiménez es a la acción inmediata. La urgencia radica en la necesidad de implementar estrategias de prevención y tratamiento efectivas. Esto implica no solo la intervención clínica, sino también la educación a padres, maestros y a los propios menores sobre los riesgos y las pautas de uso saludable.

La responsabilidad recae en múltiples actores: familias, instituciones educativas, el sector salud y, por supuesto, las propias empresas tecnológicas, que deberían considerar el impacto de sus productos en el desarrollo infantil. La creación de entornos digitales más seguros y la promoción de hábitos saludables son tareas pendientes.

Históricamente, la infancia ha estado sujeta a influencias externas que moldean su desarrollo. Si bien las pantallas ofrecen oportunidades de aprendizaje y entretenimiento, su uso desmedido se ha convertido en una amenaza que requiere una respuesta coordinada y decidida para proteger el bienestar de las futuras generaciones.

El camino a seguir implica un esfuerzo conjunto para fomentar un equilibrio entre el mundo digital y la vida real, asegurando que la tecnología sea una herramienta al servicio del desarrollo y no un obstáculo para él. La atención a esta crisis silenciosa es, sin duda, una de las prioridades de salud pública más apremiantes en la actualidad.