Hasta bien entrado el siglo XX, el universo de la medicina en México se caracterizó por una profunda limitación en los roles que las mujeres podían desempeñar. Las únicas vías consideradas apropiadas para su incursión en el ámbito de la salud eran las de partera o enfermera, oficios intrínsecamente ligados a labores de cuidado y asistencia, pero desprovistos de autonomía profesional o reconocimiento científico.
Esta realidad, sin embargo, comenzó a experimentar una transformación gradual a partir de la década de 1920. Fue entonces cuando se observó un incremento notable en la participación femenina dentro del sector de la salud pública, marcando el inicio de una lenta pero significativa ampliación de sus oportunidades y presencia en el campo.
Así lo expone Claudia Agostoni, reconocida investigadora del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México (IIH-UNAM). En una reciente conversación con La Jornada, Agostoni contextualizó estas dinámicas históricas en el marco de su participación en el coloquio virtual "Mujeres, ciencia y medicina durante el Porfiriato", un evento que buscó arrojar luz sobre la contribución y las barreras enfrentadas por las mujeres en estas disciplinas.
El Porfiriato, periodo que abarca de 1876 a 1911, fue una época de modernización y centralización en México, pero también de profundas desigualdades sociales y de género. En este contexto, la ciencia y la medicina, aunque experimentaban avances, seguían siendo esferas predominantemente masculinas, donde las mujeres eran sistemáticamente excluidas de la formación académica superior y de las posiciones de liderazgo.
La investigación de Agostoni subraya que la exclusión de las mujeres de la medicina no fue un fenómeno exclusivo de México, sino una tendencia global. En muchas partes del mundo, las universidades médicas y las sociedades científicas mantuvieron barreras de acceso para las mujeres durante décadas, limitando su acceso a la educación y a la práctica profesional.
Las parteras, a pesar de su rol crucial en la atención del parto y la salud materno-infantil, a menudo operaban fuera del marco formal de la medicina. Su conocimiento, transmitido de generación en generación, era fundamental pero no siempre reconocido por las instituciones médicas dominadas por hombres, quienes gradualmente buscaron profesionalizar y controlar la atención obstétrica.
La enfermería, por otro lado, emergió como una profesión más estructurada a finales del siglo XIX y principios del XX, influenciada por modelos europeos y estadounidenses. Si bien ofreció un camino para las mujeres en el cuidado de la salud, también se concibió inicialmente como una extensión del trabajo médico masculino, con un énfasis en la obediencia y la asistencia.
El cambio post-1920, según la experta, estuvo ligado a diversos factores. La Revolución Mexicana, aunque caótica, generó cambios sociales y políticos que, a largo plazo, abrieron espacios para la participación de diversos grupos, incluidas las mujeres. La creciente necesidad de personal de salud para atender las demandas de una población en expansión y los esfuerzos por modernizar el sistema sanitario también jugaron un papel.
La salud pública, en particular, se convirtió en un campo donde las mujeres encontraron mayores oportunidades. La creación de instituciones dedicadas a la sanidad, la vacunación, la educación sanitaria y la atención a grupos vulnerables requirió una fuerza laboral considerable, y las mujeres comenzaron a ocupar puestos en estas áreas, tanto en roles técnicos como administrativos.
Este periodo también vio los inicios de una lucha más organizada por parte de las mujeres para acceder a la educación superior y a profesiones tradicionalmente masculinas. Aunque el camino fue arduo y lleno de obstáculos, las pioneras que lograron ingresar a facultades de medicina y ejercer como doctoras sentaron las bases para las generaciones futuras.
El coloquio "Mujeres, ciencia y medicina durante el Porfiriato" no solo abordó el periodo específico del Porfiriato, sino que extendió su análisis a las décadas posteriores, reconociendo que la consolidación de la presencia femenina en la ciencia y la medicina fue un proceso largo y complejo, que se extendió a lo largo de todo el siglo XX.
La obra de Claudia Agostoni y otros historiadores de la ciencia y la medicina es fundamental para comprender la evolución de estas disciplinas en México y para visibilizar las contribuciones, a menudo ignoradas, de las mujeres que rompieron barreras y allanaron el camino para una mayor equidad en el ámbito académico y profesional.
En retrospectiva, la transición de roles limitados de cuidado a una participación más activa y diversa en la salud pública y la investigación médica representa un hito en la historia social y de género de México, un proceso que continúa evolucionando hasta nuestros días.