Las imágenes son desoladoras y elocuentes: el doctor Hussam Abu Safiya, pediatra y director del hospital Kamal Adwan en la ciudad de Gaza, camina con una bata blanca hacia un tanque del ejército israelí. Es el 28 de diciembre de 2024, un día que quedará marcado por la brutalidad. El centro médico ya ha sido asaltado, su personal evacuado, y él, un médico que juró salvar vidas, se acerca a su destino incierto, posiblemente fatal. Esta escena, que ha dado la vuelta al mundo, es solo la punta del iceberg de una estrategia sistemática de exterminio contra el personal de salud en Palestina.
El doctor Safiya no era un desconocido para la violencia israelí. Meses antes, el 23 de noviembre, ya había sido blanco de interrogatorios y golpes por parte de soldados israelíes, sufriendo incluso una herida de bala en la pierna. Su valentía al aproximarse al tanque, en un acto que parece desafiar la muerte, subraya la desesperación y el coraje de quienes intentan mantener en pie los servicios médicos en medio de un infierno.
La situación en los hospitales de Gaza se ha vuelto insostenible. Lo que antes eran centros de curación y esperanza, ahora son ruinas o blancos militares. El ejército israelí ha sido acusado repetidamente de atacar deliberadamente infraestructuras médicas, incluyendo hospitales, ambulancias y personal sanitario. Estas acciones no solo violan el derecho internacional humanitario, sino que representan un ataque directo a la población civil, privada de atención médica esencial.
El hospital Kamal Adwan, uno de los pocos centros pediátricos funcionales en la Franja, se ha visto repetidamente en la mira. Los informes señalan que el personal médico ha sido sometido a interrogatorios, detenciones arbitrarias y, en muchos casos, ha desaparecido o ha sido asesinado. La estrategia parece clara: desmantelar la capacidad de respuesta sanitaria para facilitar el control territorial y la expulsión de la población.
Las consecuencias de estos ataques son devastadoras. La mortalidad infantil se dispara, las enfermedades infecciosas se propagan sin control y las heridas de guerra no pueden ser tratadas adecuadamente. La comunidad médica internacional ha alzado la voz, denunciando estos actos como crímenes de guerra y exigiendo una investigación exhaustiva e imparcial. Sin embargo, la respuesta de Israel ha sido la negación y la continuación de su ofensiva.
El contexto de esta escalada de violencia contra el personal médico se enmarca en una operación militar israelí que ha sido ampliamente criticada por su indiscriminación y su alto costo en vidas civiles. Desde el inicio de la ofensiva, se ha documentado un patrón de ataques a escuelas, refugios y, de manera recurrente, a instalaciones sanitarias.
La narrativa oficial israelí suele justificar estos ataques bajo el pretexto de que los hospitales son utilizados por grupos armados palestinos como escudos o bases de operaciones. Sin embargo, organizaciones de derechos humanos y la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) han cuestionado estas afirmaciones, señalando la falta de pruebas contundentes y la desproporción de la respuesta militar.
La comunidad internacional se encuentra ante un dilema moral y político. Por un lado, la condena verbal de los ataques y la exigencia de respeto al derecho internacional. Por otro, la aparente incapacidad o falta de voluntad para imponer sanciones efectivas a Israel que detengan la masacre. La inacción, en este escenario, equivale a complicidad.
El caso del doctor Safiya y el hospital Kamal Adwan es un símbolo de la tragedia que se vive en Gaza. Representa la lucha de los profesionales de la salud por mantener la dignidad y la vida en condiciones extremas, enfrentándose a un enemigo que parece decidido a aniquilar no solo cuerpos, sino también la esperanza.
La comunidad médica palestina, diezmada y traumatizada, continúa su labor heroica. Sin embargo, la falta de suministros médicos, la destrucción de infraestructuras y el constante peligro ponen en jaque su capacidad de respuesta. La comunidad internacional debe pasar de las palabras a los hechos, garantizando la protección del personal sanitario y facilitando el acceso a la ayuda humanitaria.
El exterminio de médicos en Gaza no es un daño colateral, es una estrategia deliberada que busca borrar la presencia palestina y su capacidad de resistencia. Es un genocidio silencioso que se lleva a cabo a plena luz del día, mientras el mundo observa.
La pregunta que queda en el aire es: ¿hasta cuándo la comunidad internacional permitirá que esta barbarie continúe? ¿Cuántos médicos más deberán ser asesinados o torturados antes de que se tomen medidas contundentes para detener la maquinaria de guerra israelí y proteger a quienes dedican su vida a sanar?