Mientras los reflectores mediáticos globales se concentran en crisis como las de Gaza, Ucrania e Irán, una miríada de conflictos armados y violaciones a los derechos humanos en otras regiones del planeta son relegados al olvido, a pesar de sus devastadoras consecuencias humanas. Un informe de la Escuela de Cultura de Paz (ECP) de la Universitat Autónoma de Barcelona, que analiza la situación de los conflictos, los derechos humanos y la construcción de la paz, registró un total de 40 conflictos internacionales activos durante 2025. Sin embargo, la atención del sistema de Naciones Unidas y de los principales medios de comunicación a nivel mundial se limita a no más de cinco de estas crisis.

Esta disparidad en la cobertura mediática y la atención internacional deja en la penumbra a escenarios de violencia extrema que, a pesar de su magnitud, no logran captar el interés global. La región del Tigray en Etiopía emerge como uno de los casos más emblemáticos de esta omisión, un conflicto que, tras su cese en 2022, dejó una estela de muerte y sufrimiento que contrasta drásticamente con la escasa atención recibida.

El Conflicto en Tigray: Una Catástrofe Humanitaria Ignorada

El conflicto en Etiopía, declarado por el entonces primer ministro Abiy Ahmed contra el Frente de Liberación del Pueblo de Tigray en 2020, concluyó formalmente en 2022 con la firma de un alto al fuego. A pesar de su duración relativamente corta de dos años, las secuelas de esta guerra son aterradoras. Las estimaciones de bajas civiles oscilan entre 600,000 y 800,000 personas, a lo que se suman entre 100,000 y 200,000 militares fallecidos en ambos bandos. Estas cifras sitúan al conflicto etíope entre los más mortíferos de las últimas décadas.

Para dimensionar la tragedia, basta compararla con otros conflictos de gran repercusión mediática. La guerra en Siria, que se extendió de 2011 a 2024, cobró poco más de 300,000 vidas. Por su parte, el conflicto en Yemen, iniciado en 2014 y aún latente, ha generado hasta la fecha más de 370,000 decesos. La escala de la pérdida de vidas en Tigray, en un lapso significativamente menor, subraya la intensidad y brutalidad de la confrontación.

El Hambre como Arma de Guerra

Un aspecto particularmente perturbador del conflicto en Etiopía es la forma en que se produjeron las muertes. Los bombardeos directos, aunque devastadores, solo representaron el 10% de los fallecimientos. El 30% de las muertes se atribuyen a la falta de asistencia médica, un reflejo de la destrucción de la infraestructura sanitaria y la imposibilidad de acceder a tratamientos. Sin embargo, el dato más alarmante es que el 60% de las muertes se debieron a la falta de alimentos, evidenciando el uso deliberado del hambre como arma de guerra.

Las estadísticas son contundentes: se estima que un promedio de 600 personas morían diariamente en Etiopía por causas asociadas a la desnutrición y la hambruna, no directamente por la violencia armada. Según los criterios de la Clasificación Integrada de las Fases de la Seguridad Alimentaria (CIF), utilizada por organismos internacionales para medir la inseguridad alimentaria, a solo seis meses del inicio del conflicto, 5.5 millones de etíopes se encontraban en Fase 4 (emergencia), y 350,000 en Fase 5 (hambruna). En total, se calculó que unos 9 millones de personas enfrentaban una situación de urgencia humanitaria.

La Responsabilidad de la Comunidad Internacional

El análisis del profesor Javier Urbano, investigador del Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Iberoamericana, pone de manifiesto una preocupante tendencia: la selectividad de la atención mediática y política internacional. Si bien es legítimo y necesario abordar los problemas derivados del diferendo ruso-ucraniano o las graves violaciones a los derechos humanos en Gaza, no se puede permitir que esta focalización desvíe la mirada de otras crisis humanitarias que están cobrando vidas a diario.

La utilización del alimento como arma de guerra, la destrucción sistemática de la infraestructura sanitaria y la falta de acceso a ayuda humanitaria en conflictos como el de Etiopía constituyen claros delitos de lesa humanidad. La comunidad internacional, y en particular los organismos multilaterales, tienen la responsabilidad de garantizar que ningún conflicto, por remoto que parezca, quede en el olvido.

Implicaciones y Llamado a la Acción

La situación en Etiopía es un sombrío recordatorio de que la guerra moderna va más allá de los enfrentamientos directos. La desnutrición, la falta de atención médica y el colapso de los servicios básicos se convierten en herramientas de aniquilación masiva, a menudo más letales que las propias armas. La comunidad internacional debe reevaluar sus prioridades y mecanismos de respuesta ante crisis humanitarias, asegurando una cobertura equitativa y una acción decidida en todos los frentes de conflicto.

El informe de la ECP y el análisis de Urbano no son meros ejercicios académicos; son un llamado urgente a la conciencia global. Ignorar estas "guerras olvidadas" no solo perpetúa el sufrimiento de millones, sino que también socava los principios fundamentales del derecho internacional humanitario y la responsabilidad de proteger a las poblaciones civiles en tiempos de conflicto. Es imperativo que la agenda internacional incluya de manera proactiva y sostenida a todas las crisis humanitarias, sin importar su visibilidad mediática, para evitar que tragedias como la de Etiopía se repitan en la impunidad.