El pasado 24 de julio, Estados Unidos implementó nuevos aranceles que oscilan entre el 10 y el 12.5 por ciento sobre las importaciones provenientes de 60 economías, abarcando más del 99 por ciento del total de sus importaciones. Estas medidas se amparan en la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974, bajo el argumento de que los socios comerciales no combaten el trabajo forzado. Estas tarifas reemplazan gravámenes temporales previos y surgen tras la invalidación de la arquitectura original del "Día de la Liberación" por parte de la Suprema Corte en abril de 2025. En poco más de un año, se trata de la tercera manifestación jurídica del "muro arancelario" impulsado por Donald Trump.
La interpretación predominante sugiere que Trump ha roto con casi ochenta años de tradición librecambista en Estados Unidos. Si bien esta lectura es correcta, resulta incompleta. Desde una perspectiva histórica, el proteccionismo de Trump no representa la anomalía; la verdadera anomalía ha sido el libre comercio.
Raíces Proteccionistas de Estados Unidos
Estados Unidos nació con una vocación proteccionista. Ya en 1791, Alexander Hamilton, el primer Secretario del Tesoro, presentó su "Informe sobre las Manufacturas", considerado el manifiesto fundacional para la protección de la industria naciente. A lo largo de todo el siglo XIX, los aranceles constituyeron la principal fuente de ingresos para el gobierno federal y sirvieron como un instrumento deliberado para la industrialización del país. El controvertido "Arancel de las Abominaciones" de 1828, que beneficiaba a los estados del norte, estuvo a punto de desencadenar la secesión de Carolina del Sur. El "Sistema Americano" propuesto por Henry Clay en 1824 elevó la protección industrial a la categoría de doctrina de Estado, y el arancel McKinley de 1890 incrementó los gravámenes promedio a niveles cercanos al 50 por ciento.
No es una coincidencia que Trump mencione frecuentemente a William McKinley como su presidente favorito. El Partido Republicano, hoy bajo el liderazgo de Trump, se fundó y gobernó durante décadas bajo la bandera del proteccionismo, desde Abraham Lincoln hasta Herbert Hoover.
El Legado de Smoot-Hawley y el Giro Librecambista
El episodio más recordado es la Ley Smoot-Hawley de 1930, precedida por el arancel Fordney-McCumber de 1922. Estas medidas elevaron los aranceles sobre bienes gravados a casi el 60 por ciento y provocaron una cascada de represalias que contribuyeron a una contracción del comercio mundial de dos tercios entre 1929 y 1934. Douglas Irwin, historiador del comercio estadounidense de la Universidad de Dartmouth, ha documentado con precisión que, durante la mayor parte de su historia, Estados Unidos mantuvo aranceles elevados.
El cambio hacia el libre comercio fue una consecuencia directa de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Con la firma del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) en 1947 por 23 países, Washington se erigió como el arquitecto del sistema de comercio abierto. Esta postura no se basaba en una convicción doctrinaria, sino principalmente en un cálculo geopolítico: los mercados abiertos eran considerados el pilar del bloque occidental. En las décadas posteriores, el arancel promedio estadounidense experimentó una drástica reducción, pasando de dos dígitos a menos del 3 por ciento. Es precisamente este sistema el que Trump está desmantelando.
La Experiencia Proteccionista de México
México tampoco puede jactarse de una larga tradición librecambista. Desde la década de 1940 hasta los años ochenta, el país adoptó con fervor la política de sustitución de importaciones, una doctrina formalizada por Raúl Prebisch y la CEPAL para toda América Latina a partir de 1949. En esa época, no solo existían aranceles elevados, sino que los permisos previos de importación llegaron a cubrir prácticamente la totalidad de las importaciones a principios de los ochenta. Adquirir bienes en el extranjero requería, en la práctica, un permiso gubernamental, lo que fomentó la escasez, el contrabando y la generación de rentas para aquellos que controlaban el mercado cautivo.
Es importante reconocer que este modelo tuvo éxito durante varias décadas. Entre 1940 y 1970, la economía mexicana registró tasas de crecimiento anual superiores al 6 por ciento. Sin embargo, el esquema se volvió insostenible debido a la ineficiencia, el rezago tecnológico y el desequilibrio externo que generó, culminando en la crisis de la deuda externa y la devaluación de 1982.
El cambio de rumbo en México fue vertiginoso: la adhesión al GATT en 1986, el desmantelamiento unilateral de permisos y aranceles, y la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1994. Este último transformó a México en una de las economías más abiertas del mundo y en una potencia exportadora de manufacturas.
El Libre Comercio como un "Paréntesis" Global
América Latina en su conjunto adoptó el libre comercio a finales de los ochenta, impulsada por la crisis de la deuda y el llamado Consenso de Washington. Sin embargo, no se debe exagerar el alcance de esta conversión. India, la quinta economía mundial, mantiene un arancel promedio cercano al 17 por ciento, el más alto entre las grandes economías, y lo defiende como una política industrial. Brasil y sus socios del Mercosur conservan un arancel externo común de dos dígitos y una compleja red de barreras no arancelarias. Argentina ha fluctuado entre la apertura y el cierre a lo largo de ocho décadas, dependiendo del gobierno de turno. Gran parte de Asia meridional y África nunca se adhirieron plenamente al credo librecambista. Además, la Organización Mundial del Comercio (OMC) lleva más de dos décadas sin lograr cerrar una ronda de negociación, y su órgano de apelación ha estado paralizado desde 2019.
En este contexto, el libre comercio como consenso global fue, en realidad, un paréntesis temporal de apenas tres décadas: desde finales de los ochenta hasta mediados de la década pasada.
La Singularidad de la Acción de Trump
Lo verdaderamente distintivo de la estrategia de Trump no es su intención de proteger a la manufactura estadounidense. La diferencia radica en que es el propio arquitecto y principal beneficiario del sistema de libre comercio quien lo está desmantelando. Además, lo hace utilizando instrumentos —la Sección 301, la Sección 232 basada en seguridad nacional, y ahora la lucha contra el trabajo forzado— que fueron diseñados para casos excepcionales y que ahora se aplican como política comercial generalizada.
Existe una diferencia crucial respecto a los años treinta: entonces, el proteccionismo era la ortodoxia compartida por las naciones; hoy, es una decisión unilateral de la mayor potencia económica mundial contra un sistema de reglas que ella misma ayudó a establecer.
Para México, la paradoja es doble. El país que fue proteccionista durante décadas y que posteriormente se convirtió en un campeón del libre comercio, ahora se enfrenta a un panorama internacional donde el proteccionismo resurge con fuerza, impulsado por la propia nación que promovió la apertura global.