La icónica camiseta de la selección nacional, usualmente un estandarte de unidad y orgullo patrio, especialmente en vísperas de competencias mundiales, ha mutado en un lienzo de confrontación política en diversas latitudes de Sudamérica. Movimientos de extrema derecha han encontrado en esta prenda un uniforme estratégico, tejiendo narrativas nacionalistas que buscan resonar con amplios sectores de la población.

El caso más reciente y sonado ha tenido lugar en Colombia, donde Abelardo de la Espriella, candidato presidencial de ultraderecha, ha hecho de la playera de la selección un elemento recurrente en sus actos de campaña. Su aparición con la casaca amarilla, adornada con el distintivo tigre de su campaña, durante la celebración de los resultados de la primera vuelta electoral, desató críticas y cuestionamientos. Iván Cepeda, candidato de izquierda, alzó la voz, preguntando desde cuándo la selección se había convertido en patrimonio de una campaña específica.

Nacionalismo, Fútbol y Estrategia Política

La apropiación de la camiseta nacional por parte de De la Espriella y sus seguidores no es un acto casual. Expertos en comunicación política y politólogos señalan que esta estrategia se alinea con las narrativas típicas de la extrema derecha, que a menudo contraponen una visión nacionalista y defensora de lo autóctono frente a movimientos percibidos como cosmopolitas o afines a la globalización. "La correlación tiene que ver con la narrativa nacionalista, igual que la bandera y otros símbolos patrios; apropiarse de la playera es un siguiente paso en la estrategia de presentarse como ‘defensores de lo patriótico’", explica Mercedes Baltazar, fundadora de la consultora Meraki.

Este fenómeno no es exclusivo de Colombia. En España, partidos como Vox, si bien no utilizan la camiseta de la selección, sí han hecho de la bandera española un símbolo recurrente, especialmente en oposición a las enseñas de comunidades autónomas con movimientos independentistas. La estrategia busca reforzar una identidad nacional unificada y, en ocasiones, confrontacional.

El Legado de Bolsonaro

El expresidente de Brasil, Jair Bolsonaro, es quizás el exponente más emblemático de esta fusión entre fútbol y política. Durante su mandato (2019-2022), la camiseta verdeamarela de la selección brasileña se convirtió en un símbolo omnipresente de su movimiento. Bolsonaro llegó a utilizar playeras de hasta 74 equipos brasileños, pero siempre regresaba a la "canarinha", la icónica casaca amarilla.

La "canarinha" ya había tenido un preludio político en 2014, durante las protestas contra la entonces presidenta Dilma Rousseff, en medio del Mundial celebrado en Brasil. Las manifestaciones exigían su destitución, y la camiseta nacional se convirtió en un estandarte de descontento. En 2018, Bolsonaro capitalizó este fervor, adoptando la camiseta como uno de los símbolos centrales de su campaña. "Se trata de un símbolo muy querido a nivel popular y aprovechó para obtener declaraciones públicas de apoyo de personalidades como Neymar. La playera brasileña era usada como símbolo de orgullo nacional incluso en protesta, por eso la decisión de Bolsonaro y sus seguidores de apropiársela tiene un sentido de ‘recuperar el país’", detalla Baltazar.

Para algunos brasileños, la camiseta amarilla se volvió tan intrínsecamente ligada a Bolsonaro que optaron por modelos alternativos para apoyar a la selección o, en algunos casos, se distanciaron del deporte.

El Fútbol como Vehículo de Emociones y Votos

La elección del fútbol como herramienta política en Latinoamérica no es fortuita. David Quitian, antropólogo especializado en deporte, señala que figuras como De la Espriella buscan "unir la pasión deportiva con la pasión política". El fútbol es, sin duda, el deporte rey en la región, capaz de movilizar emociones intensas y generar un sentido de pertenencia colectiva.

Fabián Villalobos, politólogo y académico de la Universidad Diego Portales, explica la dinámica: "Como podemos generar identidad política a través de los partidos políticos, generamos identidad a través de los clubes deportivos, y un candidato que, sean de un club u otro, puede ayudar o beneficiar a que se vote por él, porque me reconozco con él como el otro". Esta identificación trasciende las divisiones partidistas y se ancla en la emoción compartida por un equipo nacional.

La estrategia de utilizar la camiseta de la selección busca, en esencia, humanizar al candidato y presentarlo como un ciudadano más, alguien que comparte las mismas pasiones y valores que la mayoría. Es una forma de acortar distancias y generar empatía, apelando a un sentimiento de unidad nacional que trasciende las ideologías.

Implicaciones y Futuro

La tendencia de la extrema derecha a apropiarse de símbolos deportivos nacionales plantea interrogantes sobre el futuro de la neutralidad de estas expresiones culturales. ¿Hasta qué punto pueden los símbolos patrios ser cooptados por agendas políticas específicas sin erosionar su capacidad de unir a toda la ciudadanía? La línea entre el patriotismo genuino y la instrumentalización política se vuelve cada vez más difusa.

El éxito de estas estrategias radica en la profunda conexión emocional que el fútbol genera. Para los políticos, representa una oportunidad de oro para conectar con el electorado a un nivel visceral, aprovechando la euforia colectiva y el sentido de identidad nacional que evoca el deporte. La camiseta, antes un simple atuendo deportivo, se ha transformado en un poderoso artefacto político, capaz de movilizar, dividir y definir identidades en la compleja arena de la política latinoamericana.

La estrategia de De la Espriella, replicando modelos exitosos como el de Bolsonaro, subraya la creciente sofisticación de las campañas de ultraderecha en la región, que no dudan en explorar y explotar los resortes emocionales más profundos de la sociedad para alcanzar sus objetivos electorales. El Mundial de 2026, con Colombia participando, se perfila como un escenario clave para observar la continuidad de esta tendencia.