Desde las entrañas de Jamundí, Valle del Cauca, donde la escuela Fútbol Paz se erige como un faro de esperanza para niños y jóvenes en zonas asoladas por la violencia, emerge la figura de Julián Quiñones, hoy una estrella del Tricolor mexicano y máximo exponente del poder transformador del deporte.
El pasado 5 de julio de 2026, mientras Quiñones anotaba un gol crucial que impulsaba a la Selección Mexicana hacia los octavos de final del Mundial 2026, a más de 3 mil kilómetros de distancia, en el suroeste de Colombia, César Augusto Valencia Trejos, conocido cariñosamente como Papá César, celebraba con lágrimas de profunda emoción. Valencia es el hombre que, en 2014, descubrió el talento de un adolescente Quiñones, llegado desde Magüí Payán, Nariño, con una maleta cargada de sueños y la férrea determinación de forjar un destino distinto para su familia.
El Nacimiento de una Estrella en Fútbol Paz
La historia de Quiñones en Fútbol Paz comenzó de manera casi fortuita. Un primo lo llevó a realizar una prueba, y en su primer entrenamiento, el joven Quiñones deslumbró a todos al anotar cuatro goles. "Ahí me di cuenta que estaba frente a un jugador diferente", recuerda Valencia, fundador de Fútbol Paz. Esta organización sin fines de lucro ha dedicado dos décadas a formar futbolistas provenientes de las regiones más afectadas por la violencia y la carencia de oportunidades en Colombia.
Lo que inició con apenas 30 jugadores de zonas rurales de Jamundí, ha crecido hasta convertirse en un semillero para más de 210 futbolistas de élite. Estos jóvenes provienen de lugares históricamente marcados por el conflicto armado, como Buenaventura, Quibdó, Barbacoas, Apartadó, Arauca y Guaviare. La filosofía de Valencia es clara: "Primero formamos personas y después futbolistas. Queremos que entiendan que el deporte puede transformar sus vidas, pero también que sean buenos seres humanos".
El Monstruo que Nunca se Daba por Vencido
Julián Quiñones no tardó en demostrar sus excepcionales condiciones. Durante su primer año en Fútbol Paz, fue una pieza fundamental para la conquista de un campeonato nacional sub-17, anotando la asombrosa cifra de 48 goles en el torneo, e incluso marcando 17 tantos en un solo partido. "Era un monstruo. Tenía potencia, calidad, fuerza y un carácter impresionante. Siempre aparecía cuando el equipo más lo necesitaba", relata su formador.
Una anécdota que ilustra su tenacidad se remonta a un partido crucial. Con el equipo perdiendo 3-1, Quiñones entró al campo, empató el marcador y finalmente lograron la victoria por 4-3. "Era un jugador que nunca se daba por vencido", subraya Valencia, destacando su espíritu indomable.
El Salto a México y la Consagración
Su extraordinario rendimiento captó la atención de los visores del club Tigres de México, quienes viajaron a Cali para observar a varios talentos. Quedaron impresionados con Quiñones, y su transición al fútbol mexicano fue inmediata y exitosa. Desde su primer año, hizo historia al convertirse en el máximo goleador del torneo sub-20 en un país que no era el suyo. "En México hizo historia desde el primer año", añade Valencia.
Desde entonces, Quiñones ha forjado una brillante carrera en el fútbol mexicano, vistiendo las camisetas de Tigres, Atlas y América, donde ha conquistado múltiples títulos y se ha consolidado como uno de los delanteros más destacados. Su decisión de nacionalizarse y representar al Tricolor mexicano fue un gesto de gratitud hacia el país que le brindó la oportunidad de desarrollar su potencial profesional. "Él decidió agradecerle a México todo lo que ese país hizo por él. Allí construyó toda su carrera profesional", afirma su entrenador.
Un Símbolo de Esperanza para Colombia
Aunque las exigencias del Mundial 2026 han limitado el contacto frecuente, Valencia y Quiñones mantienen una comunicación constante. "Es impresionante haber estado en el principio de su formación, ver su evolución y verlo cumplir sus sueños a punta de goles", confiesa Valencia. Le emociona ver cómo Quiñones no solo ha alcanzado el éxito personal, sino que también apoya a su familia y se ha convertido en un referente para innumerables niños en Colombia.
En las instalaciones de Fútbol Paz, los jóvenes futbolistas siguen cada partido del Mundial con una ilusión renovada, soñando con emular el camino de Quiñones, así como el de otros exalumnos destacados como Miguel Borja, Davinson Sánchez, Yerry Mina, Juan David Cabal y Juan Camilo Portilla. "Ellos llegan con hambre de gol, pero sobre todo con ganas de golear la pobreza", resume Valencia.
El Fútbol como Arma contra la Violencia
El impacto de programas como Fútbol Paz se extiende más allá de la formación deportiva. Santiago Otero, un entrenador de 24 años formado en la misma escuela, trabaja hoy con niños en las zonas rurales de Suárez, Cauca, uno de los departamentos más golpeados por el conflicto. Su misión es clara: "Le arrebatamos niños a la violencia para que sueñen con otro mundo. Cuando un niño ve el fútbol, ve transformación, amor, paz y un futuro".
Otero describe la dura realidad de Suárez, donde las canchas a menudo se encuentran cerca de infraestructuras policiales que son blanco de ataques por parte de grupos armados ilegales. Para estos niños, la posibilidad de acceder a instalaciones como las de Fútbol Paz representa un sueño tangible. "Aquí descubren que existe otro mundo, que pueden golear, y que pueden ser como Julián Quiñones, haciendo historia en un Mundial", concluye el joven entrenador, reafirmando el poder del deporte para cambiar vidas y ofrecer un horizonte de esperanza.
En el contexto del Mundial 2026, la historia de Julián Quiñones y su origen en Fútbol Paz resalta la importancia de las iniciativas deportivas que no solo buscan el talento, sino que también ofrecen una vía de escape y desarrollo integral para jóvenes en entornos vulnerables. La trayectoria del delantero colombiano es un testimonio viviente de que, con dedicación, apoyo y una visión clara, los sueños pueden trascender fronteras y transformar realidades.