Las labores de rescate en Colombia se tornan desesperadas tras el devastador terremoto de magnitud 7.4 que sacudió al país. En el distrito de Pereira, epicentro de la tragedia, los equipos de emergencia trabajan contra reloj, pidiendo silencio para intentar escuchar cualquier señal de vida entre las montañas de escombros.
La escena en el parque central de Pereira es desoladora. Familias enteras pernoctan a la intemperie, con la esperanza de encontrar a sus seres queridos entre los restos de edificios colapsados. La maquinaria pesada se detiene en momentos clave, y la actividad frenética de los voluntarios se reduce a susurros y oraciones, en una rutina que se repite varias veces al día en distintos puntos de la ciudad.
La magnitud del sismo, que alcanzó los 7.4 grados en la escala de Richter, ha dejado una estela de destrucción, especialmente en los barrios más pobres y con construcciones precarias de Pereira, una ciudad ubicada en el eje cafetero. Estos sectores, que en los últimos años se han convertido en refugio para inmigrantes venezolanos, son ahora el foco de la tragedia.
Carolina Rojas, una de las afectadas, relató cómo logró salvarse de milagro. Escuchó gritar al conserje de su edificio y, al voltear, vio cómo la estructura se derrumbaba. "Gracias a Dios por todo, porque si espero dos minutos, tres minutos, no estuviera informando esto", dijo, aún conmocionada, mientras buscaba entre las ruinas chatarra para vender, una acción que le valió un regaño de la policía ante el riesgo de derrumbe de edificios aledaños.
En medio de la desesperación, hubo un atisbo de esperanza. Una mujer de 32 años, que permaneció atrapada por más de 30 horas bajo los escombros de un hotel, fue rescatada con vida, provocando vítores y aplausos entre los transeúntes. Fue trasladada de inmediato a un hospital para recibir atención médica.
Isabella Montoya, estudiante de medicina y voluntaria, expresó la cruda realidad de las labores de rescate: "Ahora es esperar cualquier señal de vida, siempre teniendo la esperanza en alto y esperando pues que puede salir alguien, que se pueda encontrar en cualquier zona a cualquier persona con vida". Su testimonio refleja la incertidumbre y la fe que mantienen los rescatistas y voluntarios.
El presidente Abelardo de la Espriella, quien asumió el cargo hace apenas una semana, llegó a la zona afectada con la misión de asegurar a la población que la situación estaba bajo control. La respuesta a esta catástrofe representa una prueba de fuego para su gobierno, que basó su campaña en promesas de combatir el crimen y revitalizar la economía.
Los colombianos, conocidos por su exigencia hacia los líderes, tienden a rechazar a aquellos que perciben como lentos, desconectados o con poca capacidad de respuesta ante desastres. La gestión de De la Espriella en esta crisis es, por tanto, un termómetro crucial de su liderazgo.
Tras recorrer Pereira, el mandatario prometió medidas de alivio, incluyendo una suspensión de tres meses en el pago de servicios públicos para los residentes del departamento y apoyo financiero para alojamiento temporal. Si bien algunos habitantes elogiaron la rapidez en la llegada de equipos pesados y rescatistas, otros, como las familias que duermen a la intemperie en un parque, se quejaron de la falta de ayuda estatal.
La infraestructura de la ciudad ha sufrido graves daños. El suministro eléctrico es irregular en gran parte de Pereira, y los semáforos no funcionan en varios puntos. Las calles permanecen obstruidas por escombros en las zonas aún no despejadas, dificultando las labores de rescate y la normalización de la vida.
Según Asocapitales, una asociación de capitales colombianas, la cifra de muertos asciende a 190 personas, una cifra que lamentablemente podría seguir aumentando a medida que avanzan las labores de remoción de escombros.
El terremoto amenaza con agravar la ya delicada situación fiscal del país, complicando los esfuerzos de De la Espriella por cumplir sus promesas de austeridad y frenar el creciente déficit presupuestario. El ministro de Hacienda, Miguel Gómez, anunció que el gobierno planea declarar una emergencia económica para poder liberar fondos y reforzar la respuesta a la devastadora catástrofe.
La situación en Colombia pone de manifiesto la vulnerabilidad de las infraestructuras en zonas sísmicas y la importancia de una respuesta gubernamental ágil y coordinada ante desastres naturales. La comunidad internacional observa de cerca cómo el joven gobierno de De la Espriella enfrenta este desafío monumental, que definirá su capacidad de liderazgo en los próximos años.