Un velo de misterio histórico ha sido levantado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), arrojando luz sobre uno de los enclaves más evocadores del Bosque de Chapultepec: los llamados ‘Baños de Moctezuma’. Contrario a la creencia popular y a la leyenda que ha perdurado por décadas, la investigación del INAH confirma que estos estanques, conocidos también como la Casa Baños de Chapultepec, no tienen vínculo alguno con el tlatoani mexica Moctezuma. En su lugar, se revela su verdadera naturaleza como un complejo de recreo y salud para la élite mexicana durante el Porfiriato, una época de profunda transformación social y cultural en el país.
La confusión, según explican los especialistas del INAH, surge de la proximidad geográfica y de la nomenclatura adoptada a principios del siglo XX. Los vestigios arqueológicos descubiertos en 2018, que corresponden a tres estanques lúdico-curativos, se ubican cerca de un antiguo contenedor de agua prehispánico. Este contenedor, conocido históricamente como la ‘Alberca de Moctezuma’, sí tiene raíces en la época prehispánica y fue crucial para el abastecimiento de agua hacia Tenochtitlan y las haciendas circundantes durante el Virreinato. Sin embargo, su nombre, que se popularizó alrededor de 1900, se debió a la construcción, en 1870, de la Casa Baños de Chapultepec justo enfrente.
María de Lourdes López Camacho, investigadora del INAH, detalla que la ‘Alberca de Moctezuma’ es un vestigio prehispánico al pie del cerro de Chapultepec. Su agua, proveniente de un manantial vital en la zona, era distribuida a diversas áreas. La denominación ‘Baños de Moctezuma’ para este contenedor de agua se consolidó cuando la Primera Sección del Bosque fue organizada, y se le asoció erróneamente con el sitio de hallazgo de piezas arqueológicas, como el famoso chapulín de carneolita roja, que en realidad se encontró en otro lugar.
La Casa Baños de Chapultepec, por su parte, emergió en un contexto donde los baños y albercas públicas ya eran una tradición en la Ciudad de México desde mediados del siglo XIX. Su propietario, José Amor y Escandón, quien poseía la concesión de la alberca de los Espinosa (el contenedor prehispánico), reconoció el potencial turístico y social del lugar. Impulsado por la creciente popularidad de los baños curativos y recreativos, decidió edificar un complejo más sofisticado.
Documentos del Archivo Histórico de la Ciudad de México confirman que la Casa Baños de Chapultepec abrió sus puertas el 1 de abril de 1870. Rápidamente se convirtió en un punto de encuentro para la alta sociedad porfiriana, atraída por las supuestas propiedades curativas de sus aguas de manantial, que prometían aliviar dolores musculares y revitalizar el cuerpo. El lugar ofrecía un espacio de esparcimiento y socialización para la élite, consolidándose como un referente de la vida social de la época.
Sin embargo, la gloria de la Casa Baños de Chapultepec fue efímera. Apenas once años después de su inauguración, hacia agosto de 1881, el conjunto comenzó un declive que marcaría el fin de su apogeo. Lo que una vez fue el sitio de moda para la élite, se transformó gradualmente en un recuerdo.
Las excavaciones arqueológicas, lideradas por el arqueólogo Eder Arias, permitieron desenterrar parte de la estructura de este histórico conjunto. Las evidencias físicas, complementadas con las fuentes históricas, revelaron los sistemas de conducción de agua que alimentaban los estanques. Se identificaron tres contenedores de dimensiones considerables: 6 metros de largo por 4.5 de ancho, con esquinas redondeadas y una profundidad de un metro. Fragmentos de losetas de barro de color rojo anaranjado y restos de un muro con repellado, que se presume fueron escaleras de acceso, también fueron recuperados.
El destino final de la Casa Baños de Chapultepec llegó cuando la familia Escandón vendió el predio al Ayuntamiento de la Ciudad de México. La administración municipal optó por demoler el conjunto y reintegrar el terreno al Bosque de Chapultepec, eliminando así las huellas físicas de este capítulo de la historia social de la capital.
Irónicamente, fue en 1910, durante la remodelación del área con motivo del Centenario de la Independencia de México bajo el gobierno de Porfirio Díaz, cuando el nombre ‘Baños de Moctezuma’ comenzó a asociarse de manera más prominente con la zona, perpetuando la confusión histórica. La narrativa oficial y la memoria colectiva se inclinaron por la versión prehispánica, eclipsando la historia real de la Casa Baños de Chapultepec como un espacio de recreo y salud para la burguesía del Porfiriato.
Este hallazgo del INAH no solo corrige una imprecisión histórica de larga data, sino que también invita a una reevaluación de la narrativa sobre los espacios públicos y privados en la Ciudad de México a lo largo de los siglos. La Casa Baños de Chapultepec, aunque ya no exista físicamente, emerge ahora de las sombras de la leyenda para reclamar su lugar como un testimonio de la vida social y las aspiraciones de una época crucial en la historia de México.
El contexto histórico de la Ciudad de México en el siglo XIX es fundamental para comprender la aparición de este tipo de establecimientos. Tras décadas de inestabilidad, el Porfiriato trajo consigo un periodo de relativa paz y prosperidad económica, que permitió el desarrollo de infraestructuras y espacios de ocio para las clases pudientes. La Casa Baños de Chapultepec se inscribe en esta tendencia, reflejando el deseo de modernidad y la adopción de costumbres europeas por parte de la élite mexicana.
La investigación del INAH subraya la importancia de la arqueología y la historiografía para desentrañar las verdades detrás de los mitos y leyendas urbanas. Al separar la historia de la Casa Baños de Chapultepec de la figura de Moctezuma, se abre la puerta a una comprensión más matizada de la historia prehispánica y de la época porfiriana, reconociendo a cada una por sus propios méritos y características.
En retrospectiva, la historia de la Casa Baños de Chapultepec es un recordatorio de cómo la memoria colectiva puede distorsionar los hechos a través del tiempo, y de la labor esencial de las instituciones como el INAH para preservar y difundir la historia con rigor y precisión. La próxima vez que se hable de los ‘Baños de Moctezuma’, se podrá recordar que, en realidad, se está aludiendo a un capítulo fascinante de la historia social del México decimonónico.