La Ciudad de México se ahoga en un mar de asfalto destrozado. Los baches, esa pesadilla recurrente para millones de capitalinos, se han convertido en un símbolo de la negligencia y la ineficiencia gubernamental. Las cifras hablan por sí solas: en el segundo trimestre de 2026, el Sistema Unificado de Atención Ciudadana (SUAC) registró la friolera de 19 mil 518 solicitudes para reparar el pavimento. Sin embargo, la respuesta ha sido desoladora: 14 mil 51 de esas peticiones, es decir, casi tres de cada cuatro, permanecen en el limbo, sin atender.
Este panorama desolador no es un hecho aislado, sino la cruda realidad que enfrentan a diario los conductores en las arterias principales y calles secundarias de la metrópoli. La falta de acción oportuna no solo genera caos vehicular y prolonga los tiempos de traslado, sino que también se traduce en un constante y costoso daño a los automóviles, desde llantas ponchadas hasta averías mayores en la suspensión y dirección.
Las alcaldías más afectadas por esta plaga de hoyos son Iztapalapa, Gustavo A. Madero y Xochimilco, concentrando el mayor número de reportes. Iztapalapa lidera la lista con 2 mil 291 solicitudes, seguida de cerca por Gustavo A. Madero con mil 394 y Xochimilco con 885. Estas cifras, aunque alarmantes, podrían ser solo la punta del iceberg, ya que muchos ciudadanos, ante la aparente inutilidad de reportar, optan por esquivar los baches o simplemente resignarse a convivir con ellos.
El Costo Oculto de la Inacción
La problemática de los baches trasciende la simple molestia. Representa un grave problema de seguridad vial. Los conductores, al intentar evadir los enormes agujeros, realizan maniobras bruscas que pueden derivar en accidentes. Los motociclistas y ciclistas son particularmente vulnerables, enfrentando un riesgo aún mayor de caer y sufrir lesiones graves.
Además, el deterioro constante del asfalto obliga a reparaciones de emergencia que, en muchas ocasiones, se realizan de manera improvisada y con materiales de baja calidad. Esto genera un ciclo vicioso: los baches vuelven a aparecer, a veces con mayor rapidez y tamaño, evidenciando la falta de una estrategia integral y de largo plazo para el mantenimiento de la infraestructura vial.
Históricamente, la Ciudad de México ha luchado contra el problema de los baches, una batalla que parece no tener fin. Las administraciones van y vienen, prometen soluciones, implementan programas, pero la realidad en las calles sigue siendo la misma: un paisaje salpicado de cráteres que desafían la paciencia y el bolsillo de los ciudadanos.
¿Dónde Quedan los Recursos?
Ante este escenario, surge la inevitable pregunta: ¿a dónde van los recursos destinados al mantenimiento de la infraestructura urbana? Los presupuestos asignados para obras públicas suelen ser cuantiosos, pero la falta de transparencia y rendición de cuentas en la ejecución de estos proyectos deja un sabor amargo y alimenta la desconfianza ciudadana.
Analistas del sector señalan que la corrupción y la ineficiencia en la asignación de contratos son factores clave que perpetúan el problema. En lugar de invertir en materiales duraderos y en mano de obra calificada, los recursos a menudo se desvían o se utilizan en obras superficiales que no resuelven el problema de fondo.
La falta de una política pública efectiva para el bacheo se agudiza con la fragmentación de responsabilidades. Diversas dependencias y alcaldías intervienen en el mantenimiento de las vialidades, pero la coordinación entre ellas es, en el mejor de los casos, deficiente. Esto resulta en una atención desarticulada y poco eficiente, donde cada quien parece operar en su propia burbuja, ajena a la problemática general.
Un Llamado Urgente a la Acción
La situación actual exige una respuesta contundente y coordinada por parte de las autoridades capitalinas. No basta con recibir reportes; es fundamental establecer mecanismos ágiles y transparentes para su atención y seguimiento.
Se requiere una inversión sostenida en tecnología y materiales de vanguardia para el bacheo, así como una supervisión rigurosa de las obras para garantizar su calidad y durabilidad. La rendición de cuentas debe ser una prioridad, informando a la ciudadanía sobre el destino de los recursos y los avances en la solución del problema.
La ciudadanía, por su parte, exige soluciones reales y no paliativos temporales. La paciencia se agota ante la constante agresión al patrimonio vehicular y el riesgo que representa transitar por calles en mal estado. Es hora de que las autoridades asuman su responsabilidad y demuestren con hechos, y no solo con palabras, su compromiso con el bienestar de los capitalinos.
El problema de los baches en la Ciudad de México es un reflejo de una gestión urbana deficiente y de una falta de priorización de las necesidades básicas de la población. Si no se toman medidas drásticas y efectivas, la capital seguirá siendo un laberinto de peligros y frustraciones para quienes la habitan y la transitan.