La memoria sísmica de México se remonta a siglos antes de la llegada de los españoles. Los códices prehispánicos, verdaderos archivos de la vida y cosmovisión de las civilizaciones mesoamericanas, guardan testimonios de los primeros terremotos registrados en la región, ofreciendo una ventana única a cómo nuestros antepasados enfrentaban estos fenómenos naturales.

El Códice Telleriano-Remensis y los Anales de Tlatelolco son dos de los documentos clave que han permitido a los investigadores reconstruir la historia sísmica de México. Estos manuscritos, elaborados por los tlacuilos —artistas y escribas aztecas—, no solo documentan eventos astronómicos y rituales, sino también catástrofes naturales como los sismos.

Se estima que estos códices registran un total de 12 terremotos ocurridos en un periodo que abarca desde 1460 hasta 1542. La interpretación de estos registros ha sido posible gracias a la comparación con anales escritos después de la conquista, que proporcionaron un contexto histórico y lingüístico para descifrar los símbolos y narrativas prehispánicas.

El Primer Gran Temblor: 1455

El primer registro de un sismo de gran magnitud en México, según los Anales de Tlatelolco, data del año 1455. Este evento fue particularmente devastador para la Gran Tenochtitlán. Las crónicas de la época describen cómo la tierra se agrietó y cómo las construcciones de la ciudad sufrieron daños considerables, generando una profunda alarma entre la población azteca.

Este sismo no solo causó destrucción física, sino que también marcó la conciencia colectiva de la época, evidenciando la vulnerabilidad de la gran urbe ante las fuerzas de la naturaleza. La magnitud del evento se infiere de las descripciones de la tierra abriéndose, un fenómeno que sin duda habría sido aterrador para quienes lo presenciaron.

El Reinado de Axayácatl y Nuevos Sismos

Veinte años después del sismo de 1455, en 1475, otro terremoto sacudió la región durante el reinado del emperador Axayácatl. El Códice Aubin también hace referencia a este evento, detallando cómo el temblor arrasó con casas, palacios y teocallis, las imponentes estructuras religiosas de la época. Además, se reportaron deslaves en las zonas montañosas y la formación de nuevas zanjas en el terreno.

Estos registros demuestran que los sismos no eran eventos aislados, sino una recurrencia que formaba parte del paisaje natural y social de la época. La capacidad de los aztecas para documentar estos sucesos subraya su avanzada organización y su profunda conexión con el entorno.

La Visión Azteca Ante el Movimiento de la Tierra

Fray Bernardino de Sahagún, uno de los cronistas más importantes de la cultura mexica, dejó testimonios detallados sobre las reacciones y rituales de los aztecas ante un sismo. Su obra, basada en la recopilación de información de los propios mexicas, revela una cosmovisión donde los fenómenos naturales tenían explicaciones y requerían respuestas específicas.

Cuando la tierra comenzaba a temblar, los aztecas adoptaban una serie de prácticas para mitigar el impacto o para protegerse. Según Sahagún, rociaban con agua sus pertenencias y los umbrales de sus casas, un ritual que creían les ayudaría a preservar sus hogares. Tomaban agua en la boca y la soplaban sobre sus objetos valiosos, una acción que buscaba apaciguar la furia de la tierra.

Además, el grito colectivo y el levantamiento de los niños eran prácticas comunes. Al escuchar los gritos y darse cuenta del temblor, los adultos tomaban a sus hijos por las sienes y los alzaban, con la creencia de que esto les permitiría crecer sanos y evitaría que el temblor se los llevara. Estas acciones reflejan una mezcla de temor, respeto y un intento por mantener el orden en medio del caos.

El Códice Telleriano-Remensis: Un Legado Histórico

El Códice Telleriano-Remensis es un manuscrito de aproximadamente 500 años de antigüedad, cuya importancia radica en su detallada representación de la vida prehispánica. Combina pictogramas, símbolos y anotaciones que narran aspectos religiosos, calendáricos y eventos históricos, incluyendo los sismos.

Su nombre se debe al arzobispo Charles-Maurice Le Tellier, quien lo poseyó en el siglo XVII. Lo que lo hace particularmente relevante para el estudio de los sismos en México es la inclusión de representaciones gráficas de terremotos. Utiliza los glifos nahuas ollin (movimiento) y tlalli (tierra) para formar la palabra tlalollin, el término azteca para designar a estos fenómenos.

Gerardo Suárez, investigador de la UNAM, señala que la presencia de registros sísmicos en la cultura prehispánica no es una coincidencia. La alta sismicidad de la región y el profundo significado que los terremotos tenían en la cosmovisión de los pueblos originarios explican esta documentación.

Los 12 Sismos Documentados

Aunque los pictogramas de los códices ofrecen una representación visual, la información sobre la magnitud exacta, la ubicación precisa y los daños específicos de cada sismo es limitada. Sin embargo, los anales posteriores a la conquista permitieron a los investigadores fechar y contextualizar estos 12 eventos sísmicos registrados entre 1460 y 1542.

Uno de los sismos documentados, ocurrido en 1496, es descrito por el fraile Juan de Torquemada. Según su relato, este evento sacudió tres montañas en la provincia de Xochitepec, a lo largo de la costa. Esta descripción ha sido vinculada por los geólogos y sismólogos a la zona conocida como la brecha sísmica de Guerrero, una región con un alto potencial de generar terremotos de gran magnitud, a pesar de haber mostrado una relativa calma en tiempos recientes.

La historia sísmica de México, documentada desde la época azteca, nos recuerda la constante interacción de nuestro país con las fuerzas geológicas. Los simulacros actuales, como el que se realiza cada 19 de septiembre, son un eco moderno de la necesidad ancestral de estar preparados ante la impredecible furia de la tierra.

En el contexto actual, donde los simulacros nacionales son una práctica habitual, es fundamental recordar estas raíces históricas. La relación de México con los sismos es una narrativa continua, tejida con la sabiduría ancestral y la ciencia moderna, ambas enfocadas en la protección y la resiliencia de su población ante uno de los fenómenos naturales más impactantes.