El Aeropuerto Internacional Benito Juárez (AICM) de la Ciudad de México, una joya arquitectónica de 1928 que ha visto pasar generaciones, se encuentra hoy en un estado deplorable, a escasos días de convertirse en la puerta de entrada para más de un millón de aficionados que llegarán al país para la Copa del Mundo 2026. Lo que debería ser un escaparate de la modernidad mexicana se ha transformado en un símbolo de rezago e improvisación, con goteras, retrasos interminables en la entrega de equipaje y un persistente olor a drenaje que empañan la experiencia de los viajeros.
Bajo la administración de la Marina desde 2023, el AICM enfrenta un desafío monumental: renovar sus instalaciones, que se hunden a un ritmo alarmante de 10 centímetros anuales, mientras mantiene una operación que moviliza a cerca de 200 mil personas diariamente. La remodelación, con un costo estimado de 581 millones de dólares, representa la primera intervención significativa desde su construcción, una tarea hercúlea que ha obligado a los ingenieros a descifrar un laberinto de 70 tipos de piso, redes de tuberías caóticas y sistemas eléctricos incompatibles.
Los trabajos, que iniciaron en abril del año pasado, han generado más incomodidades que mejoras para los pasajeros. Los pasillos se han convertido en laberintos rodeados de escombros, montículos de tierra y costales de cemento, y en ocasiones, los baños han carecido de agua corriente. La urgencia por tener todo listo para el Mundial ha obligado a una carrera contra el tiempo, con unos 3 mil trabajadores laborando a marchas forzadas para intentar subsanar décadas de olvido.
El director del aeropuerto, el almirante Juan José Padilla, ha reconocido que las reparaciones han ido más allá de lo estético. "Cuando quieres cambiar el piso y destapas y ves que el drenaje ya está colapsado, pues tienes que cambiar el curso", admitió, evidenciando la magnitud de los problemas estructurales que se han encontrado.
La situación actual del AICM es el resultado de una serie de decisiones políticas y económicas que han marcado su destino. Hace más de una década, México contempló la construcción de un nuevo aeropuerto que duplicaría la capacidad del actual. El proyecto, liderado por magnates como Carlos Slim, prometía una terminal futurista de 4 mil millones de dólares. Sin embargo, en 2018, el entonces Presidente Andrés Manuel López Obrador canceló abruptamente el proyecto, argumentando que era innecesariamente lujoso y que los contratos estaban viciados de corrupción, acusaciones que nunca se probaron.
Esta cancelación tuvo consecuencias directas en el mantenimiento del AICM. La Tarifa de Uso de Aeropuerto (TUA), que pagan todos los pasajeros, fue redirigida a un fideicomiso para cubrir la deuda del proyecto fallido, dejando al aeropuerto sin los recursos necesarios para su conservación. Este esquema de financiamiento se mantendrá hasta 2047, cuando venza la última emisión de bonos.
Tras la cancelación del nuevo aeropuerto, el AICM perdió recursos vitales para su mantenimiento. La TUA se destinó a un fideicomiso para saldar la deuda del proyecto cancelado, un esquema que se extenderá hasta 2047. A pesar de esto, las autoridades aeroportuarias aseguran que gran parte de los costos de la remodelación actual se han cubierto con los ingresos generados por la propia operación del aeropuerto.
La administración actual se enfrenta a la tarea de mejorar no solo la estética, sino también la funcionalidad del aeropuerto. Se están reparando puertas de abordaje, baños, estacionamientos, iluminación, techos, bandas de equipaje y plafones. Además, se busca optimizar el manejo de equipaje y reorganizar las operaciones aéreas por hora, en un intento por recuperar los niveles de tráfico previos a la pandemia, que en 2023 se situaron en 44 millones de pasajeros, por debajo de los 50.3 millones de 2019.
La decisión de transferir el control del AICM a la Marina en 2023, según López Obrador, buscaba una mayor eficiencia operativa. Sin embargo, la Marina se encuentra ahora con un coloso de infraestructura que requiere una intervención profunda y urgente, en un contexto donde la falta de planos detallados y la complejidad de las estructuras existentes complican aún más las labores.
El director del aeropuerto, al ser cuestionado sobre si hubiera sido preferible construir un nuevo aeropuerto, se limitó a responder que "No se trata de dar una opinión personal", y que tal determinación "debería venir de un grupo multidisciplinario, no de mí". Esta evasiva subraya la delicada posición de la administración actual, heredera de un legado de decisiones controvertidas.
Mientras tanto, la realidad del AICM se filtra a través de las redes sociales, donde escenas caóticas del aeropuerto se vuelven virales con regularidad. A finales de abril, videos que mostraban aguas negras escurriendo por un pasillo generaron alarma, aunque el aeropuerto aseguró que se trataba de agua sucia y no residual. Estos incidentes, sumados a las constantes quejas sobre saturación y deterioro, pintan un panorama sombrío para la imagen internacional de México.
La remodelación del AICM, aunque necesaria, llega tarde y bajo circunstancias extremas. La urgencia por presentar una cara presentable al mundo durante el Mundial 2026 contrasta con la profunda crisis de infraestructura que enfrenta el aeropuerto. La Marina tiene la titánica tarea de transformar esta "puerta de entrada deteriorada" en un espacio funcional y digno, pero el tiempo y los recursos limitados plantean serias dudas sobre el éxito de esta misión.
El futuro del AICM, y por extensión, la primera impresión que se llevarán millones de visitantes del país, pende de un hilo. La esperanza es que, a pesar del caos y el "ya merito", se logre una transformación que, aunque sea superficial, permita al aeropuerto cumplir con su rol durante el evento deportivo más importante del planeta.