Un acuerdo provisional entre Estados Unidos e Irán ha abierto una ventana de dos meses para abordar el punto más álgido de la discordia entre ambas naciones: el programa nuclear de Teherán. Donald Trump, presidente estadounidense, había señalado que uno de los pilares de su intervención militar, junto a Israel, era precisamente impedir que Irán se hiciera con un arma nuclear. Sin embargo, el pacto tentativo que ahora promociona deja un margen exiguo para negociar una cuestión que ha estado latente durante años.
El acuerdo nuclear previo entre Irán y las potencias mundiales, del cual Trump retiró a Estados Unidos durante su primer mandato, requirió meses de arduas negociaciones. Los detalles del acuerdo inicial, cuya firma oficial está prevista para este viernes en Suiza, son escasos. No obstante, se anticipa que contempla la reapertura del Estrecho de Ormuz a la navegación petrolera internacional, incentivos financieros para Irán condicionados al cumplimiento de ciertos parámetros, y un plazo de 60 días para entablar conversaciones sobre el futuro del programa nuclear iraní.
Existe un profundo escepticismo, tanto en círculos republicanos como demócratas en el Congreso estadounidense, como entre los defensores de Israel y el propio gobierno israelí, sobre la factibilidad, viabilidad o el impacto real que este acuerdo pueda tener en las negociaciones nucleares. "Mi escepticismo es el propio Irán", declaró el senador republicano Lindsey Graham, un aliado cercano de Trump y conocido por su postura firme ante Irán. "¿Cómo sería un buen acuerdo? Nada de enriquecimiento. Y veremos si podemos llegar ahí". Graham añadió: "Pero si podemos o no llegar a la fase dos, no lo sé".
David Schenker, director del Programa de Política Árabe del Washington Institute for Near East Policy y quien fungió como subsecretario de Estado para Asuntos de Oriente Próximo durante el primer mandato de Trump, expresó dudas sobre la capacidad de la administración actual para concretar un acuerdo nuclear, incluso si el pacto que reabre el Estrecho de Ormuz llega a firmarse. "Esto es el tipo de cosa que requiere una atención tenaz, atención al detalle y numerosos expertos técnicos involucrados", explicó Schenker. "Trump pierde la atención, pasa a otra cosa, y el gobierno. Es como si no entendieran la estrategia de Irán. No la entendieron la primera vez, ni la segunda".
La Casa Blanca, por su parte, mantiene una postura de confianza. El vicepresidente, JD Vance, reconoció que gran parte del detalle técnico deberá ser negociado, pero enfatizó que Estados Unidos espera ver acciones concretas por parte de Irán para que este reciba incentivos, como el alivio de sanciones. "Nuestro plan bajo este acuerdo es que, de nuevo, los iraníes obtienen muchos beneficios siempre y cuando desmantelen ese programa de armas nucleares", afirmó Vance en un pódcast. "La gente siempre me pregunta: ‘¿Por qué lo crees esta vez?’ Yo no les creo", admitió. "No confío en nada de lo que diga nadie. Confío en lo que la gente hace. Y la forma en que está estructurado este acuerdo es que, a medida que hacen más, reciben más. A medida que hacen menos, reciben menos".
Irán ha mantenido consistentemente su postura de que su programa nuclear tiene fines pacíficos. Esta afirmación ha sido un punto recurrente en las declaraciones oficiales de Teherán a lo largo de los años, a pesar de las preocupaciones internacionales y las sanciones impuestas.
El Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) de 2015, un acuerdo nuclear anterior, requirió más de 18 meses de negociaciones. Estas conversaciones iniciaron con encuentros secretos entre funcionarios estadounidenses e iraníes en Omán, hacia el final del primer mandato del entonces presidente Barack Obama. El proceso implicó numerosas intervenciones directas de alto nivel por parte del secretario de Estado, John Kerry, y del secretario de Energía, Ernest Moniz, además de un equipo considerable de expertos técnicos que viajaron a Europa y otras locaciones antes de que las negociaciones culminaran en Viena, Austria.
Trump se retiró del JCPOA en 2018, antes de que la mayoría de sus cláusulas más controvertidas entraran en vigor. Actualmente, no hay indicios claros de que Irán esté dispuesto a ofrecer concesiones significativas que vayan más allá de lo ya pactado o que satisfagan las demandas de Estados Unidos y sus aliados.
El JCPOA se basaba en un lenguaje y entendimientos técnicos muy específicos, que incluían limitaciones al enriquecimiento de uranio, al uso de centrifugadoras avanzadas y a la producción de agua pesada. A cambio, Irán recibió un alivio sustancial de sanciones, estimado en miles de millones de dólares. A pesar de las críticas recibidas por el acuerdo, que Trump llegó a calificar como "el peor acuerdo jamás negociado", y las objeciones de la mayoría de los republicanos y varios demócratas prominentes, el marco establecido buscaba prevenir el desarrollo de armas nucleares por parte de Irán.
La complejidad de un acuerdo nuclear duradero y verificable es innegable. Requiere no solo la voluntad política de las partes involucradas, sino también un marco técnico robusto y mecanismos de supervisión efectivos. La historia de las negociaciones previas sugiere que la confianza es un bien escaso y que los detalles técnicos son cruciales para la efectividad de cualquier pacto.
El actual acuerdo provisional, al posponer la discusión sobre el programa nuclear, podría estar creando una falsa sensación de seguridad. La ventana de 60 días para las conversaciones nucleares es extremadamente corta, considerando la complejidad y la historia de desconfianza. Esto plantea serias dudas sobre si se podrá alcanzar un entendimiento significativo en tan breve plazo.
La estrategia de "paso a paso" o "acción por acción" que Vance describe, donde Irán recibe beneficios a medida que cumple, podría ser una forma de mitigar riesgos. Sin embargo, la experiencia pasada sugiere que Irán puede ser hábil en eludir compromisos o en ganar tiempo mientras avanza discretamente en sus objetivos. La falta de transparencia y la dificultad para verificar el cumplimiento son desafíos persistentes.
El escepticismo de figuras como Lindsey Graham no es infundado. La historia de las relaciones entre EE.UU. e Irán está marcada por la desconfianza mutua y la dificultad para alcanzar acuerdos estables. La posibilidad de que el programa nuclear iraní continúe desarrollándose, incluso bajo la supervisión de un acuerdo provisional, es una preocupación legítima para la comunidad internacional.
La reapertura del Estrecho de Ormuz es un logro tangible del acuerdo, que podría tener implicaciones económicas positivas para el mercado global de petróleo. Sin embargo, este beneficio podría verse eclipsado si la cuestión nuclear no se resuelve de manera satisfactoria y duradera. La paz y la estabilidad en la región dependen en gran medida de la gestión de este delicado asunto.
En última instancia, el éxito de este acuerdo provisional dependerá de la capacidad de ambas partes para superar décadas de animosidad y desconfianza, y de la voluntad de Irán de demostrar, a través de acciones verificables, que su programa nuclear es exclusivamente pacífico. El tiempo dirá si esta nueva etapa diplomática conducirá a una solución o simplemente pospondrá un conflicto mayor.